Todas las noches llega antes del comienzo del partido con sus padres, abuelos o hermanos. A él no le importa quién lo lleve, solo quiere estar allí. 

 

Joaquín es un niño de 7 u 8 años, feliz, con ojos de soñador y expresión reflexiva en su rostro. Cada vez que hay partido, él necesita estar al lado de la cancha, observar, escuchar la charla técnica, aprender e incluso dar alguna recomendación a los jugadores del plantel. Entra a la cancha cada vez que un director técnico pide 1 minuto de tiempo para organizar su estrategia. Joaquín tiene su pelota y tira sin parar, elude a los otros niños, muestra lo que sabe hacer y está atento a cada rebote para tomarlo, correr, volver a eludir a sus rivales de turno y tirar una vez más. Sus lanzamientos son desde atrás de la línea de triple y siempre entran o al menos pegan en el aro, todos lo observan y comentan sobre su juego, él no lo sabe, pero por suerte, tampoco le interesa. 

 

Solo desea estar en la cancha, “la de los grandes” le escuché decir una vez, pisar la misma madera y convertir en el aro en el que sus ídolos lo hacen, sentarse detrás de ellos y saludarlos con un “choque los cinco” cuando los jueces llaman a los jugadores para reanudar el juego. 

 

Joaquín tiene una relación especial con los árbitros del básquetbol nacional. En una ocasión, corrió hacia uno de ellos, invadió la cancha y cuando el referee lo observaba con ojos de asombro y cuerpo paralizado ante semejante situación, nuestro héroe no dudo un instante y llevó a cabo el acto que todo ser humano anhela en algún momento de su vida, patear en los tobillos al maldito que tanto había perjudicado a su equipo. El referee no pudo más que sonreír y bajar la mirada para disimular la vergüenza, mientras el pequeño niño volvía corriendo al lado de su familia, la cancha llena de espectadores, tanto a favor, como en contra de la medida disciplinaria adoptada por el joven fanático del deporte, explotó en risas para olvidar cualquier otro problema anterior. 

 

Para Joaquín su equipo jamás jugó mal, si pierde Cordón, la culpa es de los jueces.

 

Alejandro Barrios