Un loquito

Vivir como si fuera el último día

Categoría: Cuento

De tiempos y humedades

Claro, parece que es ahora, llegó el momento de tomar las riendas y ser la voz de una generación. Es que el tiempo se va filtrando como el agua de lluvia en esos techos viejos de membranas asfalticas resquebrajadas, que aún resisten de pie en algunos barrios de montevideo. Pasa tan rápido, cuando mirás para atrás estabas ahí, escuchando lo que tenían para decir “los que saben”, hoy te levantas y  vas a algún lugar, donde intercambiar algo, silencios, espacios, miradas, y casi sin darte cuenta, sos vos el que habla y los demás quieren escuchar. Maravillosamente pasaste la línea de cal, te sacaste los cortos y los botines, estrenaste los pantalones largos y agarraste la tablita, sos vos el que da las indicaciones, sos vos el que lleva la voz cantante, ni se te ocurría un par de meses atrás, pero la vida giró y te puso ahí. ¿Te gustó que te pusiera ahí? No importa, es tu momento y no sabes cuánto va a durar. Muchas veces vas a desear estar del otro lado, claro, era todo mucho más sencillo, ¿la responsabilidad? de otros, ¿las culpas? de otros, ¿tus puteadas? ya conoces la respuesta. Pero claro, un día iba a pasar, soltar las amarras y largarse a defender lo que creíste posible, hacerse cargo y jugársela, perder todo y rearmarte. Sin querer te fuiste cavando tu propia fosa, esa que te permite asomar la cabeza y ver dónde van todos, lo bueno es que querías enterrarte, ¿no?.  Al menos eso nos hiciste creer, era tan complejo sobrevivir a un mundo donde todos eran iguales, donde todos eran zombies, donde todos…El problema no es ahora, el problema viene después, cómo vas a sobrellevar el momento en el que tu voz, ya no signifique nada para nadie, así como llega el momento, también se va. El agua siguió filtrando por los techos, penetró cada pequeño resquicio de material, avanzó, hasta que encontró por dónde salir, para finalmente mezclarse en ese proceso de humedades y pintura y así, llenar de hongos el techo de tu hogar.

Joaquín C

Todas las noches llega antes del comienzo del partido con sus padres, abuelos o hermanos. A él no le importa quién lo lleve, solo quiere estar allí. 

 

Joaquín es un niño de 7 u 8 años, feliz, con ojos de soñador y expresión reflexiva en su rostro. Cada vez que hay partido, él necesita estar al lado de la cancha, observar, escuchar la charla técnica, aprender e incluso dar alguna recomendación a los jugadores del plantel. Entra a la cancha cada vez que un director técnico pide 1 minuto de tiempo para organizar su estrategia. Joaquín tiene su pelota y tira sin parar, elude a los otros niños, muestra lo que sabe hacer y está atento a cada rebote para tomarlo, correr, volver a eludir a sus rivales de turno y tirar una vez más. Sus lanzamientos son desde atrás de la línea de triple y siempre entran o al menos pegan en el aro, todos lo observan y comentan sobre su juego, él no lo sabe, pero por suerte, tampoco le interesa. 

 

Solo desea estar en la cancha, “la de los grandes” le escuché decir una vez, pisar la misma madera y convertir en el aro en el que sus ídolos lo hacen, sentarse detrás de ellos y saludarlos con un “choque los cinco” cuando los jueces llaman a los jugadores para reanudar el juego. 

 

Joaquín tiene una relación especial con los árbitros del básquetbol nacional. En una ocasión, corrió hacia uno de ellos, invadió la cancha y cuando el referee lo observaba con ojos de asombro y cuerpo paralizado ante semejante situación, nuestro héroe no dudo un instante y llevó a cabo el acto que todo ser humano anhela en algún momento de su vida, patear en los tobillos al maldito que tanto había perjudicado a su equipo. El referee no pudo más que sonreír y bajar la mirada para disimular la vergüenza, mientras el pequeño niño volvía corriendo al lado de su familia, la cancha llena de espectadores, tanto a favor, como en contra de la medida disciplinaria adoptada por el joven fanático del deporte, explotó en risas para olvidar cualquier otro problema anterior. 

 

Para Joaquín su equipo jamás jugó mal, si pierde Cordón, la culpa es de los jueces.

 

Alejandro Barrios

Un minuto de la vida

Observo como lentamente comienza a evaporarse el agua por el pico de la caldera.  ¿La caldera tiene un pico? ¿Está bien llamado? – me pregunto. –

Intento controlar mi ansiedad y recuerdo que la yerba simplemente está reposando en el mate, aún no empecé a hincharla. Tomo el mate y lo acerco al fino hilo de agua fría que comienza a salir de la canilla.

Disfruto con tan sólo mirar la yerba mojarse y llena la parte inferior del mate, me da la sensación de que ya está lavado.

 “La montañita” conserva su firmeza gracias a mi cuidado,  mientras el fino hilo de agua continúa llenando el mate luego de que la yerba lo absorbiera en su primer interacción, lo muevo de izquierda a derecha, luego hacia atrás, buscando que la humedad se distribuya de la forma más homogénea posible.

La caldera comienza a silbar y eso me recuerda que simplemente deseo tener una caldera que no emita sonidos, no los soporto. Las calderas son para calentar agua, no para evitar que las personas se olviden de ellas.

Finalmente todo se convirtió en silencio cuando mi mano derecha cerró la llave y apagó la hornalla. Tomé la caldera y me quemo,  – ¡Maldita caldera chifladora! – pensé, mientras recogía un repasador que colgaba de la puerta del horno. Ya con el trapo en la mano, vertí el líquido dentro del termo, observé la fusión de oxígeno e hidrógeno en diferentes estados.

Tras cerrar el termo, las primeras gotas de agua caliente llegan a la yerba y ésta comienza a emanar su aroma tan característico y amargo.

Como último paso de este ritual, tomo la bombilla y coloco mi dedo pulgar en su “boca”, le ayudo a penetrar esa mezcla de yerba y agua disfrutando del desplazamiento de los líquidos.

Acerco la bombilla a mi boca y comienzo a aspirar, llegan las primeras sensaciones.

– Está asqueroso!! – pienso. Pero sé que es cuestión de paciencia, al cebar el tercer mate la temperatura estará acorde a mi deseo,  la yerba tendrá un sabor perfecto y mi lengua estará quemada.

 

Alejandro Barrios

Consejos para ser un Dios

En ciertas ocasiones me plantee la necesidad de aceptar que cuando alguien sale del camino es necesario volver a las raíces. En esos momentos contemple como las personas caminaron hacia su propio “suicidio emocional”. Supe ser miembro de esa cofradía, aunque no muchas veces lo reconocí. Al menos no hasta ahora, en realidad hasta ayer.

 

Gracias a estos cuestionamientos me pregunté si es posible controlar algunas cosas, la lluvia, el viento, el fuego, el deseo. Nunca encontré una respuesta digna; o si no fuera una respuesta, al menos alguien que lo demuestre, es decir, alguien que controle a su entera voluntad alguna de éstas fuerzas naturales. Seria cuasi-delirante, lo sé, pero muy útil para terminar de demostrarle al universo de la ciencia que realmente el Ser Humano es un Dios en vida, pero, ¿quién soy yo para plantear esto? La respuesta a esa pregunta se encuentra en la misma hipótesis, soy un Dios. Sí, tengo las potestades que se le adjudican a uno, digamos que, a partir de este momento le entrego al mundo la felicidad, el beneficio de la sabiduría y la paz eterna, (seguramente a muchos no les interese), es más, muchos necesitan a la guerra para seguir viviendo y aumentando sus bienes, en ese caso, que cada uno sea un Dios se vuelve una mala idea.

 

La sabiduría o la iluminación para muchos sería una tortura. Realice el siguiente ejercicio: Imagine saber qué es lo que está mal en el mundo, saber también, cómo arreglarlo, saber por qué las cosas son así y por qué deben continuar como están.

 

Esta situación puede volverse un generador constante de estrés.

 

¿Quién no miró alguna vez el cielo y pidió un deseo con toda su alma una vez en su vida? Es lo mismo si se le pidió al Padre Sol, la Madre Luna, o al mismo Dios.

Yo lo hice, entre nosotros, puedo afirmar que lo hice más de una vez y esos pedidos casi siempre eran atendidos al instante, la sabiduría Divina es increíble pero pone a prueba nuestras ganas (pídanlo al menos 3 veces, insistir suele interpretarse como una señal de interés real).

 

Quién sabe, uno puede dar las respuestas necesarias para que el mundo mejore, mostrarles su propia habilidad pero, finalmente, no son capaces de dejar de lado su vanidad. De todos modos no es para tanto porque, si no lo desean con ganas, con fuerza, no podrán dejar de sufrir y descubrir su Dios interior. Ya quisiera yo que sientan el poder de todas las respuestas, si lo anhelaran con toda su energía, sería como descargar la información directamente a su cerebro.

 

Tanto tiempo pasó y sigo aquí, viendo que necesitan de una computadora o un celular para hablar, cuando lo único que necesitan es creer en ustedes.

 

Siglos observando que adoran una imagen moribunda, cuasi-putrefacta de mí mismo. ¿Eso les deje? ¿Más de 30 vueltas al Sol de experiencia y recuerdan mis días de sufrimiento? Solo porque los amo tanto es que no puedo odiarlos (por más que ustedes inventaron ese dicho: “del amor al odio, solo hay un paso”).

En fin, púdranse con sus propios dichos, ojalá (wa shā’ llah ‘quiera Dios’)  alguien los salve, porque a mí se me terminaron las ideas y a fin de cuentas, su vida es su responsabilidad.

 

Saludos y disfruten su estadía, será hasta que revienten.

 

 

                                        Jesús de Galilea (lo de Nazaret es mentira de la Iglesia).

Los reyes vagos

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Cuando era pequeño me hicieron creer que la aventura de los reyes magos duraba solo un día. De grande comprendí que eso era mentira ya que no me daban los números ni siquiera tomando en cuenta los husos horarios. ¿Cómo hacían estos 3 fenómenos para estar en China y en América del Sur al mismo tiempo?

Solo me quedó descubrir la triste realidad, en China no creen en los Reyes.

Tiempo después, ya tenía unos siete años de edad. Me sucedió lo que tarde o temprano le sucede a todos los niños del mundo. Me desilusioné. Claro, había crecido con una imagen de los reyes, la de unos buenos tipos que llegaban y te dejaban unos regalos en los championes (nunca cedí a dejar los zapatos), y  lo único que  pedían a cambio por soportar el funesto olor a pata de esos championes que uno dejaba (siempre eran los más queridos, los mismos que te acompañaban todo el día y terminaban en cada partido de fútbol de la escuela, de la esquina con amigos y de repente en el pasillo del edificio en donde vivíamos), era un poco de pasto y agua (para los camellos). ¡¡¡Ojo!!! ¡¡¡LOS CAMELLOS!!! Seguro que los señores no tomaban agua o se armaban vaya a saber qué cosa con el pastito que uno cortaba amablemente pensando en los pobres animalitos cargados con bolsas de regalos, espadas láser, muñecas, pelotas de todos los tipos de deportes, computadoras, bicicletas, ¡¡BICICLEEEETAAASSS!!  ¿A quién alguna vez no le trajeron una bicicleta los reyes? Era el clásico regalo de ellos. Parecía que uno era tan nabo que pedía siempre la bicicleta. No importa…ya pasó.

La cuestión es que estos sujetos y ni hablar de los camellos que bajaban la cabeza a nivel del piso para tomar el agua y comer el pasto, seguían soportando año a año el olor a pata de cada par de championes de los pequeñitos. Recuerdo que un año decidí experimentar para saber cómo ellos evaluaban lo que era portarse bien. Suponía que una forma de saber si alguien cometía muchas travesuras era si tenía demasiado olor en los championes que dejaba. Entonces, a raíz de esto, el Rey Mago que correspondía (o en la clase alta los 3 Reyes), dejaba los regalos que se adcuaban a las necesidades del sujeto en cuestión: Yo.

Para esto conté con la complicidad de mi abuelo (un viejo absolutamente delirante) y durante la noche, luego de que todos se acostaran, él llegaría como todas las madrugadas (manejaba un taxi en esa época) y cambiaría los championes viejos y sudados por los nuevos que me había regalado “Papá Noel”.

A la mañana siguiente descubrí la triste realidad, aquello que no podía saber, lo más negro, nefasto y doloroso, el secreto más oscuro que mi familia pudo haber guardado durante años.

Todo porque los championes nunca fueron cambiados.

El viejo delirante, estaba desempleado.

La Muerta

Flotaba en el agua, su cuerpo estaba totalmente destruido por causa de las piedras. La presión de las cataratas la había golpeado una y otra vez contra el fondo, rasgando sus prendas, su piel y su alma.

Ellos caminaban como lo hacen todos los turistas, pero al ver esto ya no quisieron continuar. Ella no pudo evitar imaginarse en esa situación. Él trataba de justificar lo que entendía era un suicidio.

La muerta seguía flotando y su cuerpo se golpeaba contra todo lo que se cruzaba frente a ella, el espectáculo era inmundo.

Rápidamente los guías explicaron que la muerta se había suicidado saltando desde lo más alto de la catarata. Nadie tenia por que creerles, pero la gente no se detuvo un solo momento para cuestionarlo, solo abrieron sus bocas, sus ojos y absorbieron la información, como si de un informativo se tratara. Ella siguió el caso por internet luego de regresar a su país, finalmente descubrieron que “La Muerta” había sido asesinada por su esposo, el tenía una amante y no tenía el coraje suficiente para dejarla, pero si lo tuvo para acabar con su vida. En las profundidades de la catarata aún pueden encontrarse restos de su ropa, atrapados, destruidos.

Años más tarde, el asesino apareció en la misma catarata, flotando y su amante en prisión. Nunca se supo si efectivamente ella decidió tomar la misma fórmula para deshacerse de él pero, hasta el día de hoy en la catarata se observa a la sombra de una mujer, empujando a un hombre y mientras ríe a carcajadas salta a lo profundo del agua.

Alejandro Barrios

Aquel

El médico escribe, inmutable, se queja de la lapicera que su compañera acaba de prestarle.

No tiene tinta – dice.

No puede ser, tiene 2 días – Responde en tono de desaprobación.

Entonces no me gusta como escribe – dice él, como un niño caprichoso.

El médico escribe mientras observo físicamente anestesiado, como se mueve la sabana al ritmo de los temblores del paciente. Tiemblan las piernas, es una leve epilepsia controlada con medicación, el médico, a menos de un metro se quejaba de la lapicera y ahora escribe conforme.  Nada lo moviliza, ni los temblores, sabe que ya no hay nada que hacer pero, no se le escapa ni un dejo de pena o al menos compasión. Nada lo moviliza y en la camilla, a menos de un metro, el movimiento involuntario del paciente no lo sorprende.

El hombre de la camilla ya no es “aquel”. Era fuerte, alegre y con una inteligencia que le permitía completar cualquier crucigrama sin mayor esfuerzo, así como podría estafar a la banca en cualquier juego que se propusiera.

Aquel” siempre fue hincha de Atenas, de aquella barra vieja que se peleaba mano a mano al final de cada partido y que no se le ocurría nunca usar puntas ni cortes.

Los guachos están muy zarpados – me había dicho una vez.

Aquel” adoro siempre a Peñarol, entrar a su cuarto (aún cuando cumplió 60 pirulos) era una clara muestra de su devoción a los colores del aurinegro. 20 años atrás no faltaba a ningún partido, además, no iba solo, llevaba a su hija.

Aquel” cayó en cana alguna vez. – Estaba salado – Había comentado un viejo compañero de militancia cuando hacía menos de un año que nos conocimos. Afiliado al partido socialista luchó contra la dictadura mientras trabajaba en el diario “El Día”.

Aquel” no dejaba pasar una mujer sin piropearla, sin faltar el respeto encontraba la forma de que todas las mujeres se divirtieran y más de una se dejaba atrapar por sus trampas. – Es como muy hombre, hasta el bigote le queda bien, y eso que no me gusta el hombre con bigote. – Dijo mi abuela una vez para mi sorpresa.

Aquel” se teñía, no solo el pelo, al cual le dejaba algunas canas a la vista para disimular. También se teñía el bigote y los pelos del pecho. Verlo con toda la tinta en el pecho y la que caía por su panza no dejaba de ser un show increíble de ver.

Aquel” amaba a su hija y a su vieja, el tango era su música, pero “la sinfónica” (Borinquen), era su perdición, no podía parar de bailar y disfrutar. Sin dudas había realizado una obra de arte con su hija, inteligente, activa, apasionada, fuerte y sin los temores o problemas que pueden tener las mujeres a la hora de “ir a la cancha” a ver el deporte que sea.

A “aquel” le encantaba la comparsa, tenía de donde, había pasado su infancia y adolescencia cerca “del Atenas”. En el teatro de verano decía – Me voy a ver de cerca las plumitas – y bajaba al pedregullo a saludar a la vedette. Pudo ver a su hija en una comparsa, en el desfile de carnval, en el de llamadas y en el espectáculo en el teatro de verano. Ese fue uno de los días donde más feliz lo vi.

Aquel” me pidió que le hiciera un mail y que le enseñara a usarlo. “El igualito” era la dirección de correo que quería, me contó que era su sobrenombre de botija aunque, nunca tuve claro el por que.

A “aquel” le encantaba tomarse “un amarillo” conmigo y me bautizó como “el poeta”, poco después de conocernos. Fue fundamental su apoyo para que yo publicara en un libro algunos de mis relatos y el poema de Delmira Agustini y el Sr. Ugarte.

Aquel” había amado a su mujer pero nunca supo ser fiel, tenía sus argumentos pero prefiero guardarlos en mi mente, “sapito” era el sobrenombre que le había puesto a ella.

Aquel” fue fundamental en mi decisión de meterme en el mundo del Basket. – Hay que hacer realidad los sueños mientras estas vivo, después no se puede, si el problema es la guita, ya va a aparecer.” Me dijo el último día de inscripciones para el curso.

Aquel” tenía 4 bypass y era un agradecido del Dr. Vega, cada tanto iba a chequearse. Un día me encaró a solas. Parece que tengo la porquería – Dijo con naturalidad y algo de resignación. En ese momento entendí que lo sabía desde hacía mucho pero que recién podía contarlo.  – No hay nada que hacer, así que voy a aprovechar lo más que pueda lo que me quede y después ya está. –

Alguna vuelta le vamos a encontrar – Respondí esperanzado.

Poco tiempo después lo internaron, comenzaron los tratamientos y las idas al hospital. Un par de noches, un par de semanas, un par de meses. En determinado momento empezamos a acompañarlo a las consultas contra su voluntad, descubrimos que nos mentía porque varias veces terminaba contradiciendo lo que “le habían dicho” antes en cuanto a la enfermedad.

Allí supimos que había una posibilidad, podían operarlo y extraer el músculo dañado, el problema era que no podía volver a tener sexo. Por esta razón nos dijo que no había nada que hacer, no estaba dispuesto a resignar su hombría para vivir sin ella.

 

El médico escribe inmutable, se queja de la lapicera que su compañera acaba de prestarle.

No tiene tinta. –

No puede ser, tiene 2 días. –

Entonces no me gusta como escribe. –

El médico escribe mientras el paciente no para de temblar.

El igualito” hoy está atado a la camilla, me preguntó por la hora del partido, por la vieja, por el caballo que vió dentro de la sala, me ofreció un anillo imaginario para que yo hiciera el ritual, se quiere sentar, se quiere parar, quiere una tijera parar cortar todo e irse a la casa. Dejó de tomar las pastillas y simplemente las escupe. Atendió un celular que no tenía y hablo con la vieja un rato. Me pidió “naranjita” para tomar y se alegro de verme después de 6 días.

Yo no pude parar de llorar, “aquel”, “El igualito”, “Carlitos” por pocos momentos tiene lucidez y es aquel que conozco o que conocí. Mientras anestesiado físicamente, a su lado, en una incómoda silla de la emergencia del hospital, sigo viendo a un hombre sufrir y a su médico encaprichado con una lapicera.

El médico escribe inmutable, se queja de la lapicera que su compañera acaba de prestarle.

No tiene tinta. –

No puede ser, tiene 2 días. –

Entonces no me gusta como escribe… –

 

El clásico de la vida


Para mi abuelo Cacho

La historia tiene lugar en una de las tantas canchas de fútbol que existen  por el río de la plata.

Este dato no es menor, simplemente aporta una aproximación a las ideologías que rodean el episodio, ya que como sabemos, para cancha de éste popular deporte, en cualquier parte del mundo son suficientes:

A)   2 piedras para cumplir la función de palos.

B)   Imaginación y nunca un verdadero consenso para delimitar la altura del palo horizontal (travesaño) por el cual se formaran grandes debates del  tipo:

– Ahí no llego ni loco.

– Jodete por enano.

C) Este punto no es un requisito obligatorio pero aporta a la dinámica y hasta a la misma continuidad del evento deportivo, por eso es recomendable tener algún tipo de pared, portón o red con el fin de que en caso de superar de un pelotazo al guarda meta de turno (estamos al tanto de la existencia del formato en el que a cada gol se rota al mismo), el elemento pateado o cabeceado se detenga en la red, portón o pared y así evitar que termine bajo las ruedas de un elemento del transporte público o bien, en la ventana de una vieja pincha (lea bien, dice Pincha, con P) pincha pelotas.

D) Cumplidas los anteriores requerimientos de forma más o menos decorosa, consiga gente.

Una vez finalizadas las aclaraciones, sigamos adelante con el relato. Seguir leyendo

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