Observo como lentamente comienza a evaporarse el agua por el pico de la caldera.  ¿La caldera tiene un pico? ¿Está bien llamado? – me pregunto. –

Intento controlar mi ansiedad y recuerdo que la yerba simplemente está reposando en el mate, aún no empecé a hincharla. Tomo el mate y lo acerco al fino hilo de agua fría que comienza a salir de la canilla.

Disfruto con tan sólo mirar la yerba mojarse y llena la parte inferior del mate, me da la sensación de que ya está lavado.

 “La montañita” conserva su firmeza gracias a mi cuidado,  mientras el fino hilo de agua continúa llenando el mate luego de que la yerba lo absorbiera en su primer interacción, lo muevo de izquierda a derecha, luego hacia atrás, buscando que la humedad se distribuya de la forma más homogénea posible.

La caldera comienza a silbar y eso me recuerda que simplemente deseo tener una caldera que no emita sonidos, no los soporto. Las calderas son para calentar agua, no para evitar que las personas se olviden de ellas.

Finalmente todo se convirtió en silencio cuando mi mano derecha cerró la llave y apagó la hornalla. Tomé la caldera y me quemo,  – ¡Maldita caldera chifladora! – pensé, mientras recogía un repasador que colgaba de la puerta del horno. Ya con el trapo en la mano, vertí el líquido dentro del termo, observé la fusión de oxígeno e hidrógeno en diferentes estados.

Tras cerrar el termo, las primeras gotas de agua caliente llegan a la yerba y ésta comienza a emanar su aroma tan característico y amargo.

Como último paso de este ritual, tomo la bombilla y coloco mi dedo pulgar en su “boca”, le ayudo a penetrar esa mezcla de yerba y agua disfrutando del desplazamiento de los líquidos.

Acerco la bombilla a mi boca y comienzo a aspirar, llegan las primeras sensaciones.

– Está asqueroso!! – pienso. Pero sé que es cuestión de paciencia, al cebar el tercer mate la temperatura estará acorde a mi deseo,  la yerba tendrá un sabor perfecto y mi lengua estará quemada.

 

Alejandro Barrios